Con estas palabras predecía el
juicio que habría de dictar la posteridad el diario francés
“Le Courier du Havre”, el 13 de agosto de 1850,
a la semana de producirse la expiración del máximo
héroe argentino, el general Don José de San Martín,
inspirador de la libertad hispanoamericana.
Era un predestinado y sobre él dijo Nicolás Avellaneda:
“Su espada sólo brilló para emancipar pueblos;
y representa la acción exterior de la Revolución
de Mayo, saliendo de sus límites naturales, abarcando
la mitad de América con sus vastas concepciones y contribuyendo
con sus generales y soldados a sellar la independencia de muchos
pueblos.
“Las victorias de San Martín son los lampos de
luz que circundan el nombre argentino; y mostrando sus trofeos
que fueron pueblos redimidos, nos cubrimos con sus resplandores
para llamarnos libertadores de naciones. “La obra del
guerrero se perpetúa y se magnifica representada por
los pueblos nuevos que prosperan cada día en la civilización
y en la libertad. Su memoria pertenece a la historia que lo
menciona entre los grandes capitanes del mundo, y es honor de
un continente y la gloria de un pueblo. Esta es su obra encarnada
ya en millones de hombres, y podemos decir que desde todos los
puntos de América se divisa su nombre encumbrado sobre
uno de los más altos pedestales del siglo y resguardado
por siempre contra el olvido por el juicio humano”.
Su niñez y formación
Esta nota que tiene por finalidad expresar
la lectura de páginas donde devotamente han sido exaltadas
las virtudes del “Gran Capitán” tales como
la de José Martí, libertador y escritor cubano,
cuando manifiesta: “Su sangre era de un militar leonés
y de una nieta de conquistadores; nació siendo el padre
gobernador de Yapeyú , a la orilla de uno de los ríos
portentosos de América; aprendió a leer en las
faldas de los montes , criado en el pueblo como hijo del señor,
a la sombra de las palmas y de los urundayes. A España
se lo llevaron, a aprender baile y latín en el seminario
de los nobles; y a los doce años el niño que “reía
poco” era cadete. Cuando volvió teniente coronel
español de treinta y cuatro años, a pelear contra
España, no era el hombre crecido al pampero y a la lluvia,
en las entrañas de su país americano, sino el
militar que al calor de los recuerdos nativos, creó en
las sombras de las logias de Lautaro, entre condes de Madrid
y patricios juveniles la voluntad de trabajar con el plan y
sistema por la independencia de América”.
Por su parte, el ensayista español
Barcia Trelles lo ubica a San Martín como el “más
grande genio militar que produjo España en el siglo XVIII”.
Más adelante señala que: “fue de los vencedores
de Bailén, la primera batalla en que los ejércitos
napoleónicos conocieron la amargura de la derrota “.
Se cuenta que, posteriormente, hecha la paz entre España
y Francia, Napoleón revistó las tropas peninsulares
y detuvo su paso frente a ese aguerrido oficial de aguileña
mirada para leer la medalla que lucía en su pecho y que
decía “Bailén”. El instinto heroico
reconoce a los genios. El gran capitán de Europa se inclinó
ante el futuro capitán de América.
Mientras tanto Benjamín Vicuña
Mackenna, historiador y político chileno, lo define de
la siguiente manera al Libertador: “San Martín,
como ser físico, poseía de una figura arrogante,
altiva y en un todo militar. Había nacido soldado y murió
soldado. Alto, moreno, ancho de pecho, rígido como un
sable, su espesa cabellera negra caía aún en su
edad madura, en enérgicas guedejas sobre su frente atezada,
según se deja ver en un retrato casi juvenil que de él
se conservó en la Sala de Gobierno de la Antigua Mendoza.
En su vejez peinaba, empero, sus canas cortadas militarmente,
con la llaneza del cuartel. Su nariz era aguileña, su
barba saliente, su boca enérgica, si bien en los últimos
años espesos bigotes completamente cano disimulaba la
languidez de sus pliegues y la pérdida de su dentadura.
“La vida parecía , sin embargo, concentrarse en
los ojos, de un negro brillante sombrío en que todas
las pasiones parecían teñirse de relámpagos
como en los de aquel admirable tipo de belleza guerrera que
poco después se extinguió entre nosotros: su capitán
favorito , Las Heras. “La “mirada terrible”
del general San Martín ha quedado en Chile como una especie
de leyenda, pero a nuestro juicio había en esa severidad
del semblante más aparato que ira, más estrategia
que pasión. San Martín, por no gritar, miraba”.
“Sinceramente convencido
del éxito infalible que la ocupación de Chile
debía tener la caída de Lima y en la destrucción
del poder español en el Perú, había el
general San Martín preparado su ejército con una
menudencia de detalles y con una atención tan prolija
al lleno de cada necesidad que pudiera ofrecer, no solo el conjunto
de su movimiento, sino cada cuerpo, cada arma y cada soldado,
que nada había dejado pendiente al acaso o a lo imprevisto”,
dice Vicente Fidel López.“La manera de transportar
los cañones y las cureñas al través de
las rápidas y estrechas laderas de la cordillera; el
forraje y los aparejos para las mulas, apropiados a cada caso
y a cada género de carga; el abrigo de cada soldado,
los cueros indispensables para que salvasen el pié de
las asperezas del suelo, de la nieve y de las demás contingencias
de la marcha; los alimentos para neutralizar la asfixia que
producen aquellas alturas; el cuidado y la distribución
de los caballos ; los herradores , el inmenso tráfago
del parque , de las municiones; la manera de descender al terreno
enemigo, de montar la artillería, de ejecutar las primeras
sorpresas , de apoderarse de los mejores recursos , de montar
y de poner en movimiento sus vanguardias , de ocupar los flancos
y de tomar en detalle las fuerzas enemigas con su ejército
compacto y reconcentrado a un punto de las diversas direcciones
con que en un día debían llegar sus divisiones
a ese punto ; todo este cuidado maravilloso de previsiones que
no pueden formarse; y tomar vida sino en una gran cabeza militar
y administrativa , fue obra del general San Martín en
Cuyo llevada a cabo con una deficiencia de medios y recursos
que hace más asombroso el poderoso trabajo de ingenio
que tuvo que consagrarle ; porque fuera de él ningún
hombre superior tenía a su lado que supiese , sino que
afanosos cooperadores que ponían todo su saber en hacer
ejecutar lo que él les detallaba , les formulaba o les
sugería. “Es ahí donde está todo
entero, y en su grandeza, el general San Martín”.
Una historia que revela su talla
El anedoctario donde estampó su
personalidad quien tuvo como bandera: América; y como
clarín: la Libertad, es muy rico. Para fortalecer la
memoria del lector sólo nos ocuparemos de algunas. Por
ejemplo, entre los militares del ejército argentino se
consideraba dos acontecimientos. El primero, en Tucumán,
cuando Lamadrid pretendió discutir al jefe la orden que
había impartido. San Martín ni siquiera miró
al oficial y sacando el reloj para expresarle de inmediato con
firmeza: “Han pasado ya dos minutos de la hora en que
deben estar en formación los piquetes que he pedido”.
Fue una lección que sirvió de mucho para la disciplina
del cuerpo. La segunda en oportunidad que impartía academia
a sus oficiales pretendiendo unificar la voz de mando. Allí
estaba, entre otros, Manuel Belgrano que tenía voz delgada.
Cuando le tocó el turno a Manuel Dorrego lo hizo imitando
a Belgrano. San Martín al escucharlo alzó el candelabro
y dando un terrible golpe sobre la mesa, con la mirada cargada
como un rayo, le dijo en tono que conmovió a toda la
oficialidad: “Señor coronel: hemos venido a uniformar
las voces de mando”. Al día siguiente Dorrego partía
a Santiago del Estero, confinado.
Después de la batalla de Maipú,
donde sus armas se habían colmado de gloria, recibió
la visita del representante del gobierno de los Estados Unidos,
Mr. Wortington, quien le manifestó los placeres del estado
norteamericano. “Me pareció –dijo el diplomático-
despreocupadlo y tranquilo. Vestía un sencillo levitón
azul. Al felicitarlo muy particularmente por su triunfo en Maipú,
sonriendo con modestia, me contestó: “Es la suerte
de la guerra, nada más”. El mismo Mr. Wortington
consideró a San Martín y así lo consignó
en sus informes, como el hombre “más grande de
lo que he visto en América de Sur”. Cuando entró
triunfador en Lima lo hizo sin pompa heroica, a pesar de que
ese acto era el más trascendental en la historia de la
revolución americana, pues significaba la caída
del baluarte principal del poder realista.
Treinta años de exilio
Domingo Faustino Sarmiento también
estampó su firma para referirse al confinamiento impuesto
por el Libertador cuando dice: “Casi treinta años
han discurrido desde la época desde que San Martín
dijo en Lima adiós a la gloria y a la América…
Ninguna queja ni un esfuerzo, ni una palabra se ha escapado
a San Martín de Manera que la historia unirá a
la página que sin terminarse concluía en 1823,
la fecha de su muerte acaecida en Bolugne Sur Mer en 1850.
“Pero para la biografía del hombre de corazón,
¡cuántas páginas preciosas quedan y cuántas
lecciones abraza aquel intervalo!
“Después de vagar por varios
países de Europa, el ínclito varón se fija
en los acreedores de París, se hace campesino, sin boato
como sin ostentación de pobreza y desvalimiento, cual,
para hace antitesis a su pasado esplendor y poner en acción
una ironía, suelen los caídos de las alturas del
poder. Es campesino en el verdadero sentido de la palabra poniendo
al servicio de flores y de legumbres os hábitos matinales
adquiridos en la vida militar. En Grand Bourg, rodeado de su
familia viviendo para el como en otro tiempo para la independencia
de América, ha dejado acumularse sobre sus hombros lentamente
los años y deslizarse quietamente la vida como se deslizaban
a su vista las antiguas aguan del Sena que llevan su tribuno
al vecino mar”.
Cuando Belisario Roldán pronunció
su famoso discurso: “Padre nuestro que estás en
el bronce de la inmortalidad” hacía tiempo que
el Padre de la Patria había pasado a ocupar un lugar
rutilante en el cielo de las glorias indestructibles, junto
a las figuras más ilustres de la historia de la humanidad.
La justicia de los hombres muchas veces tarda; pero no tardó
en pronunciar su fallo sobre la vida pública del Libertador
americano. Pero por más justicia que se le tribute, siempre
será poca.
Y así fue el General San Martín: un militar ejemplar,
el genio, el labrador de espíritus y civilizaciones.
Andrés Mendieta
Andrés
Mendieta
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Aldo Saravia 1363
Bº Los Pinos - Grand Bourg
4400 - Salta (República Argentina)
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