La residencia, solo tiene 28 amplias
habitaciones con terrazas individuales, - la suite mas importante
es la llamada Winston Churchill -, dos restaurantes, piscinas,
canchas de golf y muchos paseos rodeados de una exuberante y
centenaria vegetación tropical, debidamente parquizada
y con preciosos jardines, que, de noche se iluminan para solaz
de los habitantes de la casona.
También dispone de unos regios salones
donde uno puede reencontrarse consigo mismo o disfrutar del
placer de una buena compañía. Muchas bodas se
realizan en sus jardines y los novios después se quedan
a pasar su luna de miel en sus regias cámaras y en ese
encantador solar de todas las horas.
Siete noches cuestan entre 1.714 y 2.843 libras
esterlinas. Por favor, recuerde que los otros servicios se cobran
por separado.
Otro ingrediente: La aventura
Nada más emocionante e instructivo que
el Island Safari. No se suspende por lluvia, que pasa a ser
un ingrediente más en una mañana inolvidable.
Relájese y goce. Vístase con ropa vieja y calce
sus mejores zapatos viejos para caminatas. Como también
puede tener oportunidad de darse un chapuzón en el mar
Atlántico, lleve traje de baño y toallas.
Claro, primero deberá contratar el servicio
con tres días de anticipación, como mínimo.
No irá solo. Cada partida es de 70 personas, y las salidas
son cotidianas.
Un guía en un jeep con los asientos
dispuestos como para el transporte de soldados, cubiertos con
una loneta, vendrá a buscarlo a su alojamiento entre
las 8 y las 8.30 de la mañana. No se impaciente por esta
aparente incomodad. Repito: relájese y disfrute. En algún
momento – especialmente en los días de lluvia -,
tendrá la sensación de navegar en una canoa en
medio de un mar tormentoso, aún cuando está transitando
por el corazón vegetal de la isla. Estará en tierra
y en medio de una fervorosa expresión de vegetación
tropical. Arboles centenarios, plantas salvadas de la depredación
y sorprendentes espectáculos como los enormes habitáculos
de las hormigas termitas.
El “baile” entre los surcos
Sin embargo, esta danza cuyo fondo musical
lo componen el coro de las exclamaciones de los participantes
del safari, el ruido de los motores, la de los pedrugones que
saltan al paso y golpean contra el vehículo sin tocar
a los pasajeros y los continuos recursos de las cajas de cambio
de los jeeps, es superada por el encuentro con la rocosa, áspera,
formidable costa de la isla que da al Océano Atlántico.
Parados sobre el pico que se presume fue el
primer trozo de tierra y coral que emergió del mar hace
muchos siglos, pareciera que uno se ha situado sobre la proa
de una gigantesca nave desde donde se divisan, abajo, a unos
trescientos o quinientos metros, los campos sembrados con caña
de azúcar, las factorías abandonadas y el caserío
de este momento.
Después de otro trecho de viaje, aparecerá
el Pico Tenerife, así llamado por cuanto coincide con
la integración territorial con las Islas Canarias, precisamente
en Tenerife. Más hacia el Norte, verá Cove Bay,
copia fiel –dicen los ingleses- del Cornwall de Gran Bretaña.
La belleza rocosa y Atlántica, se prolonga
en The Landock, Cuckold Point y Antilles Cat. En un sector de
esta costa, en Noviembre de cada año se realizan un torneo
internacional de Surf. ¿Imaginan el motivo?
Otras atracciones
Barbados tiene otros rincones para el asombro.
En Morgan Lewis Sugar Mill se halla el último de los
80 molinos de viento que existían en la isla para moler
la caña de azúcar. Por ese motivo, fue designado
Patrimonio de la Humanidad junto con Andrews Factory, ubicada
al lado de la zona de los Blackmans.
En el centro de la Isla no olvide visitar
la Harrison’s Cave con sus galerías de bellísimas
estalactictas y estalagmitas, de corrientes de agua cristalinas,
cascadas impresionantes y profundas piscinas de color esmeralda.
El recorrido se realiza en trencitos eléctricos en compañía
de simpáticas guías. Los petroglifos datan de
hace 50 millones de años.
Empero es una joya viva. No se sorprenda, pero
las gotitas de agua, ricas en calcio, que caen de su techo,
se agregan a las formaciones existentes. Es como si uno estuviera
viéndolas nacer. Transitar por estos jardines coralinos
es como andar por el fondo del mar, pero sin agua, sin braqueas,
ni tubos de oxígeno.
Entre las atracciones vegetales figuran la
Welchman Hall Tropical Forestet Reserve, Orchid World, Andrómeda
Botanic Gardens y Flower Forest.
En el recorrido por las rutas de la Isla no
se asombre por el avance de la publicidad sobre las coralíferas
rocas: “Panda’s Supermarket” (la presencia
china se manifiesta en restaurantes y “deliveries”
que compiten con los de origen hindú, italiano y de todas
las nacionalidades, incluida la argentina), galerías
de arte, hoteles, centros medicinales tradicionales y no tradicionales.
Cuando George Washington tenía 19 años,
en 1751, vivió siete semanas en Barbados, acompañando
a su hermano Lorenzo, quien padecía de una dolencia de
la cual se recuperó rápidamente. George contrajo
la viruela, pero le salvó la vida un médico barbadiense.
(Barbados era en ese tiempo, además de un saludable país,
un centro comercial, cultural e intelectual muy avanzado en
el mundo inglés). Muchos años después,
en plena guerra, sus soldados contrajeron la viruela, pero él
estaba inmunizado y sobrevivió. Por eso, los barbadienses
dicen que Estados Unidos y su capital han contraído una
deuda eterna con su país, pues gracias a Barbados, Washington
pudo convertirse en uno de los principales héroes de
su patria y darle su nombre a la capital federal estadounidense.
La casa en la cual vivió en Barbados,
se halla en restauración para convertirla en un museo.
Una vida especial
Los barbadienses disfrutan en el Fish Market,
situado en la costa del Mar Caribe, todos los viernes a la noche,
del Fish Fry, un festín gastronómico con todas
las variedades de pescados – incluido el famoso “pez
volador” –cocinados con vegetales y sazonados con
las salsas típicas de este país. Vaya temprano
y con un conocedor, pues no es fácil conseguir donde
aposentarse para disfrutar de estas exquisiteces. Y no pida
vino. Pida la tradicional cerveza caribeña Banks.
Cocinar es un rito para todos los barbadienses
que se dedican a ello. Detrás de un hotel muy costoso
con restaurantes caros, se había instalado un “fast
food” al que acudían la mayoría de los huéspedes.
El éxito del “petit restaurant” era creciente,
hasta que un día se acercó un periodista al establecimiento
– si así se lo podía llamar – para
inquirir el motivo de la aglomeración de personas de
todas las edades, precisamente a la hora de comer. Una señora
le explicó que allí compraban comida muy rica
y fresca a un quinto de lo que pagaban en el hotel. Cuando la
entrevista se publicó, el pequeño comercio cerró
sus puertas.
A propósito de comidas: un colega británico
que todos los años pasa tres meses en Barbados con su
esposa, nos invitó a comer a su casa. El es un gran periodista,
un excelente economista y un formidable gourmet. Prepara unas
exquisitas viandas con vegetales, pollo y frutos del mar, con
salsas de su invención y los aderezos locales. Anda siempre
ligero de ropas y en su casa, descalzo. Envía sus columnas
a Francia y Alemania por e-mail, y por la misma vía los
textos de un libro que se editará a fin de año
en los Estados Unidos. Eso sí: a fines de Enero regresa
a su casa situada en el Norte de Inglaterra, para seguir con
su vida de trabajo pero disfrutando de su huerta personal.
La industria azucarera en Barbados
Barbados tenía como principal industria,
la del azúcar. A fin de superar el mal momento por el
cual atraviesa ese producto mundialmente, ha probado, como lo
hizo Brasil, producir alconafta, pero en estos últimos
tiempos ha orientado sus esfuerzos a producir energía
con la caña de azúcar.
Pero la estructura de esa otrora poderosa
actividad, permanece. Un ejemplo, lo constituyen las casa de
los administradores de las plantaciones, que me recuerda las
casonas de los mismos funcionarios que conocí en mi niñez
y juventud en la Argentina, más precisamente en Salta
y Jujuy. Su distribución edilicia es idéntica:
los ambientes son amplios, con techos altos y distribuidos de
manera tal que la ventilación natural los mantenga frescos.
Claro, era la época de los abanicos para las damas y
del sofocón para los varones.
En Barbados también tienen tres entradas:
una para los dueños y sus invitados, otra para el personal
doméstico y otra para los labradores. Ahora, sobran dos.
El canto del gallo
Uno amanece con el canto del gallo. Les aseguro
que no es una figura literaria. Los gallos, como en el resto
del mundo que no ha sido arrasado por el cemento, cantan al
amanecer. No he oído el tañido de las campanas
como en Salta o en Madrid, pero los gallos cantan como en el
campo, por que Barbados es una mezcla de campo y ciudad.
No hay aceras en sus calles. Los viandantes
circulan por la calzada, al igual que los ciclistas y los automovilistas,
respetándose mutuamente.
Un señor de mi amistad, nacido y criado
en Barbados, venía conduciendo a media mañana
su automóvil. De pronto, una señora y un señor,
a quienes no conocía, le hicieron señas para que
se detuviera. Así lo hizo. El desconocido, que estaba
bien vestido le dijo: “Señor, usted nos puede manejar
su coche. Viene zigzagueando. Permítame que le toque
la frente.”
Después de hacerlo, añadió: “Está
volando en fiebre. Por favor, córrase del asiento del
volante, dígame la dirección de su casa, que lo
llevo”. Consciente de su afección, le dijo dónde
vivía. No solo lo condujo hasta su domicilio, sino que
guardó el coche en el garage, lo ayudó a ingresar
en la casa, anotó el teléfono y antes de retirarse
le recomendó que llamara a un médico.
Al día siguiente lo llamó para
preguntarle por su salud y por si necesitaba que le comprara
remedios. Mi amigo le agradeció y le dijo que felizmente
se estaba recuperando. ¿Debo aclarar que este señor
tan comedido no se llevó ningún “souvenir”
de la casa o del coche, ni tampoco se apropió de la billetera
de mi amigo?
La hospitalidad de los barbadienses es proverbial.
Tuve oportunidad de ser recibido en muchas residencias, entre
ellas la de Tony Barrow, sobrino del legendario Primer Ministro
de Barbados Errol Barrow, famoso por su talento político
y su honestidad – cuando llegaba de un viaje de ultramar,
abría sus valijas en la Aduana para que le cobraran los
impuestos correspondientes y lo mismo debían hacer todos
sus acompañantes, sin excepción –donde conocí
a toda su familia, incluida su hija, la poetisa Courtney. Compartí
su mesa, como uno más de todos ellos. Y lo mismo sucedió
en la mansión del Dr. Andrew Murray y su esposa Pat y
en la de Christ Skiner y su señora Nathalie.
Cuando llegué por primera vez a Barbados,
escuché a gentes de distintas partes del mundo que decían
que desde hacía ocho años, venían a pasar
sus vacaciones en Barbados. Ahora he develado el secreto: aquí
uno se siente como en su propia casa. |