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BARBADOS ES LA ISLA DEL AMOR

Por Marcelo Mendieta

Marcelo Mendieta

Muy cercana al continente latinoamericano, se halla Barbados, uno de los espectaculares paraísos del Mar Caribe y del Océano Atlántico.

Barbados es la Isla del Amor. Por donde quiera que uno vaya, encuentra parejas de todas las edades, tomaditas de las manos, a la hora que fuera. Cuando no, besándose o haciéndose mimos. Pero siempre sonrientes.

Si bien se llega a ella por barco o por avión, Barbados sólo tiene dos estaciones durante todo el año: la del aeropuerto y el verano. Sus playas, las que dan al Mar Caribe, tienen la arena blanca y fina, junto con un mar cálido, donde uno puede ver el fondo y caminar o nadar en sus aguas tranquilas. Al atardecer – cada uno diferente y bellísimo – puede ver cómo se solazan los peces voladores armando su propio arco iris.

Los domingos, los balnearios se pueblan de turistas y familias con sus niños que parlotean alegremente en diferentes idiomas. Además, la música estalla en los restaurantes costeros y mujeres, hombres y niños de todas las edades e idiomas bailan en las pistas o en la playa o en el mar, al son de la música caribeña, incluida la salsa cubana. He visto a un turista rubio, con su short y camisa de colores estrepitosos, cuarentón, bailando solo al son de sus maracas. Y muchas señoras voluminosas, cerrando los ojos, solitas y solas, como solía decir la escritora Carmela Ricotti, hacer gala de una flexibilidad absoluta, como en un poema de Guillén, disfrutando del ritmo inconfundible del Caribe.

Sol, playa, tragos después de una barbacoa y otras delicias gastronómicas barbadienses, buena música, amor y muchas ganas de vivir, son los ingredientes de cada fin de semana junto al Mar Caribe. Y también los de todos días y noches.

Y de noche…

La vida nocturna es intensa, pero para los turistas. Algunos lugareños tienen sus rincones íntimos a los cuales se puede acceder salvando unos complicados y no recomendables laberintos, pues puede uno perderse y terminar en el umbral de una casa esperando instrucciones matinales para regresar a su alojamiento.

Es recomendable tener un buen guía o una buena guía, según sus preferencias, pera evitar estos inconvenientes. Tampoco es malo esperar la madrugada en la playa, pero no lo haga individualmente. Sería desperdiciar un amanecer maravilloso.

Hay muchas bodas en Barbados y es común ver a los novios, con sus atuendos típicos – largos vestidos blancos con tocados de flores o de lo que fuera y jóvenes con trajes de etiqueta – llegar a las soleadas playas y tomarse fotografías. Los más audaces entran al mar y se solazan en él un instante. Las olas se confunden con las risas y alegría del contrayente y sus amigos, a quienes no les importa mojarse hasta las rodillas en el mar y partir derramando arena de sus calzados. Eso sí: la novia, impoluta, no se apea de los brazos de su flamante en ningún tramo de este acuático y playero paseo.


Un país familiar

Cómo será Barbados de familiar, que la gente, como en los pueblos, intercambian sonrisas y saludos con todos los viandantes.

Predomina el inglés, pero no se sorprenda si le responden en español o francés: son los idiomas que desde hace varias décadas estudian los niños barbadienses en la escuela.


Dónde alojarse

Puede alojase en los exclusivos hoteles de Holetown donde dormir una noche cuesta, como mínimo, 1500 dólares estadounidenses o escoger otros alojamientos de Bridgetown con precios más acomodados. Es mejor que consulte con su agencia de viajes.

El Sandy Beach Hotel (este nombre me trae reminiscencias del Libro de Arena de Borges, uno de los que más amaba el famoso escritor), ubicado en la zona de Worthing, es un excelente y recomendable alojamiento. Puede mencionar esta publicación, a su manager de food and beverage, Grantly Sargeant, quien, además, organiza amenas reuniones musicales con excelentes tragos y una muy buena comida barbadiense. El pez volador es una de las especialidades del cheff. Como el bar y restaurante se hallan al lado de la playa,  puede durante el día bañarse y almorzar y de noche bailar y  comer a la luz de la luna.

Al lado de Sandy, está el tradicional bar de Joani, donde se reúnen desde hace más de 40 años entre Diciembre y Enero de cada año, un montón de amigos que vienen desde distintas partes del mundo a revivir los lazos de amistad que ahora se prolongan en hijos y nietos y a reencontrase con la cordialidad de la dueña de casa y de las nuevas generaciones que colaboran con ella. Cada año encuentro mucha alegría y danzarines de todas las edades, entremezclados turistas y locales.

Caminar por la playa de arenas suaves, entrar al agua tibia del Mar Caribe y contemplar los atardeceres – todos distintos, únicos e irrepetibles—constituye otro de los grandes placeres personales en esta isla.


En pleno campo, pero cerca del mar

Si desea vivir la experiencia de pasar sus vacaciones en pleno campo, le recomiendo el Villa Nova Country Hotel, que fuera la elegante y majestuosa residencia del ex primer ministro británico Sir Anthony Eden - y lo sigue siendo con todas las innovaciones del  siglo XXI, teniendo en cuenta que se construyó en 1834 - y donde se alojaron, entre otras personalidades y en distintas oportunidades, Sir Winston Churchill, la Reina Elizabeth II y el Duque de Edimburgo y la princesa Margarita.

camino de acceso a la mansión Anne.Marie Blackman-Mendieta
El camino de acceso a la mansión, tras pasar el
puesto de seguridad y el enrejado que la protege
Anne.Marie Blackman-Mendieta
en uno de los patios de la mansión
Entrada principal a la regia residencia          
Entrada principal a la residencia


La residencia, solo tiene 28 amplias habitaciones con terrazas individuales, - la suite mas importante es la llamada Winston Churchill -, dos restaurantes, piscinas, canchas de golf y muchos paseos rodeados de una exuberante y centenaria vegetación tropical, debidamente parquizada y con preciosos jardines, que, de noche se iluminan para solaz de los habitantes de la casona.

También dispone de unos regios salones donde uno puede reencontrarse consigo mismo o disfrutar del placer de una buena compañía. Muchas bodas se realizan en sus jardines y los novios después se quedan a pasar su luna de miel en sus regias cámaras y en ese encantador solar de todas las horas.

Siete noches cuestan entre 1.714 y 2.843 libras esterlinas. Por favor, recuerde que los otros servicios se cobran por separado.

Otro ingrediente: La aventura

Nada más emocionante e instructivo que el Island Safari. No se suspende por lluvia, que pasa a ser un ingrediente más en una mañana inolvidable. Relájese y goce. Vístase con ropa vieja y calce sus mejores zapatos viejos para caminatas. Como también puede tener oportunidad de darse un chapuzón en el mar Atlántico, lleve traje de baño y toallas.

Claro, primero deberá contratar el servicio con tres días de anticipación, como mínimo. No irá solo. Cada partida es de 70 personas, y las salidas son cotidianas.

Un guía en un jeep con los asientos dispuestos como para el transporte de soldados, cubiertos con una loneta, vendrá a buscarlo a su alojamiento entre las 8 y las 8.30 de la mañana. No se impaciente por esta aparente incomodad. Repito: relájese y disfrute. En algún momento – especialmente en los días de lluvia -, tendrá la sensación de navegar en una canoa en medio de un mar tormentoso, aún cuando está transitando por el corazón vegetal de la isla. Estará en tierra y en medio de una fervorosa expresión de vegetación tropical. Arboles centenarios, plantas salvadas de la depredación y sorprendentes espectáculos como los enormes habitáculos de las hormigas termitas.


El “baile” entre los surcos

Sin embargo, esta danza cuyo fondo musical lo componen el coro de las exclamaciones de los participantes del safari, el ruido de los motores, la de los pedrugones que saltan al paso y golpean contra el vehículo sin tocar a los pasajeros y los continuos recursos de las cajas de cambio de los jeeps, es superada por el encuentro con la rocosa, áspera, formidable costa de la isla que da al Océano Atlántico.

Parados sobre el pico que se presume fue el primer trozo de tierra y coral que emergió del mar hace muchos siglos, pareciera que uno se ha situado sobre la proa de una gigantesca nave desde donde se divisan, abajo, a unos trescientos o quinientos metros, los campos sembrados con caña de azúcar, las factorías abandonadas y el caserío de este momento.

Después de otro trecho de viaje, aparecerá el Pico Tenerife, así llamado por cuanto coincide con la integración territorial con las Islas Canarias, precisamente en Tenerife. Más hacia el Norte, verá Cove Bay, copia fiel –dicen los ingleses- del Cornwall de Gran Bretaña.

La belleza rocosa y Atlántica, se prolonga en The Landock, Cuckold Point y Antilles Cat. En un sector de esta costa, en Noviembre de cada año se realizan un torneo internacional de Surf. ¿Imaginan el motivo?


Otras atracciones

Barbados tiene otros rincones para el asombro. En Morgan Lewis Sugar Mill se halla el último de los 80 molinos de viento que existían en la isla para moler la caña de azúcar. Por ese motivo, fue designado Patrimonio de la Humanidad junto con Andrews Factory, ubicada al lado de la zona de los Blackmans.

En el centro de la Isla no olvide visitar la Harrison’s Cave con sus galerías de bellísimas estalactictas y estalagmitas, de corrientes de agua cristalinas, cascadas impresionantes y profundas piscinas de color esmeralda. El recorrido se realiza en trencitos eléctricos en compañía de simpáticas guías. Los petroglifos datan de hace 50 millones de años.

Empero es una joya viva. No se sorprenda, pero las gotitas de agua, ricas en calcio, que caen de su techo, se agregan a las formaciones existentes. Es como si uno estuviera viéndolas nacer. Transitar por estos jardines coralinos es como andar por el fondo del mar, pero sin agua, sin braqueas, ni tubos de oxígeno.

Entre las atracciones vegetales figuran la Welchman Hall Tropical Forestet Reserve, Orchid World, Andrómeda Botanic Gardens y Flower Forest.

En el recorrido por las rutas de la Isla no se asombre por el avance de la publicidad sobre las coralíferas rocas: “Panda’s Supermarket” (la presencia china se manifiesta en restaurantes y “deliveries” que compiten con los de origen hindú, italiano y de todas las nacionalidades, incluida la argentina), galerías de arte, hoteles, centros medicinales tradicionales y no tradicionales.

Cuando George Washington tenía 19 años, en 1751, vivió siete semanas en Barbados, acompañando a su hermano Lorenzo, quien padecía de una dolencia de la cual se recuperó rápidamente. George contrajo la viruela, pero le salvó la vida un médico barbadiense. (Barbados era en ese tiempo, además de un saludable país, un centro comercial, cultural e intelectual muy avanzado en el mundo inglés). Muchos años después, en plena guerra, sus soldados contrajeron la viruela, pero él estaba inmunizado y sobrevivió. Por eso, los barbadienses dicen que Estados Unidos y su capital han contraído una deuda eterna con su país, pues gracias a Barbados, Washington pudo convertirse en uno de los principales héroes de su patria y darle su nombre a la capital federal estadounidense.

La casa en la cual vivió en Barbados, se halla en restauración para convertirla en un museo.


Una vida especial

Los barbadienses disfrutan en el Fish Market, situado en la costa del Mar Caribe, todos los viernes a la noche, del Fish Fry, un festín gastronómico con todas las variedades de pescados – incluido el famoso “pez volador” –cocinados con vegetales y sazonados con las salsas típicas de este país. Vaya temprano y con un conocedor, pues no es fácil conseguir donde aposentarse para disfrutar de estas exquisiteces. Y no pida vino. Pida la tradicional cerveza caribeña Banks.

Cocinar es un rito para todos los barbadienses que se dedican a ello. Detrás de un hotel muy costoso con restaurantes caros, se había instalado un “fast food” al que acudían la mayoría de los huéspedes. El éxito del “petit restaurant” era creciente, hasta que un día se acercó un periodista al establecimiento – si así se lo podía llamar – para inquirir el motivo de la aglomeración de personas de todas las edades, precisamente a la hora de comer. Una señora le explicó que allí compraban comida muy rica y fresca a un quinto de lo que pagaban en el hotel. Cuando la entrevista se publicó, el pequeño comercio cerró sus puertas.

A propósito de comidas: un colega británico que todos los años pasa tres meses en Barbados con su esposa, nos invitó a comer a su casa. El es un gran periodista, un excelente economista y un formidable gourmet. Prepara unas exquisitas viandas con vegetales, pollo y frutos del mar, con salsas de su invención y los aderezos locales. Anda siempre ligero de ropas y en su casa, descalzo. Envía sus columnas a Francia y Alemania por e-mail, y por la misma vía los textos de un libro que se editará a fin de año en los Estados Unidos. Eso sí: a fines de Enero regresa a su casa situada en el Norte de Inglaterra, para seguir con su vida de trabajo pero disfrutando de su huerta personal.


La industria azucarera en Barbados

Barbados tenía como principal industria, la del azúcar. A fin de superar el mal momento por el cual atraviesa ese producto mundialmente, ha probado, como lo hizo Brasil,  producir alconafta, pero en estos últimos tiempos ha orientado sus esfuerzos a producir energía con la caña de azúcar.

Pero la estructura de esa otrora poderosa actividad, permanece. Un ejemplo, lo constituyen las casa de los administradores de las plantaciones, que me recuerda las casonas de los mismos funcionarios que conocí en mi niñez y juventud en la Argentina, más precisamente en Salta y Jujuy. Su distribución edilicia es idéntica: los ambientes son amplios, con techos altos y distribuidos de manera tal que la ventilación natural los mantenga frescos. Claro, era la época de los abanicos para las damas y del sofocón para los varones.

En Barbados también tienen tres entradas: una para los dueños y sus invitados, otra para el personal doméstico y otra para los labradores. Ahora, sobran dos.


El canto del gallo

Uno amanece con el canto del gallo. Les aseguro que no es una figura literaria. Los gallos, como en el resto del mundo que no ha sido arrasado por el cemento, cantan al amanecer. No he oído el tañido de las campanas como en Salta o en Madrid, pero los gallos cantan como en el campo, por que Barbados es una mezcla de campo y ciudad.

No hay aceras en sus calles. Los viandantes circulan por la calzada, al igual que los ciclistas y los automovilistas, respetándose mutuamente.

Un señor de mi amistad, nacido y criado en Barbados, venía conduciendo a media mañana su automóvil. De pronto, una señora y un señor, a quienes no conocía, le hicieron señas para que se detuviera. Así lo hizo. El desconocido, que estaba bien vestido le dijo: “Señor, usted nos puede manejar su coche. Viene zigzagueando. Permítame que le toque la frente.”
Después de hacerlo, añadió: “Está volando en fiebre. Por favor, córrase del asiento del volante, dígame la dirección de su casa, que lo llevo”. Consciente de su afección, le dijo dónde vivía. No solo lo condujo hasta su domicilio, sino que guardó el coche en el garage, lo ayudó a ingresar en la casa, anotó el teléfono y antes de retirarse le recomendó que llamara a un médico.

Al día siguiente lo llamó para preguntarle por su salud y por si necesitaba que le comprara remedios. Mi amigo le agradeció y le dijo que felizmente  se estaba recuperando. ¿Debo aclarar que este señor tan comedido no se llevó ningún “souvenir” de la casa o del coche, ni tampoco se apropió de la billetera de mi amigo?

La hospitalidad de los barbadienses es proverbial. Tuve oportunidad de ser recibido en muchas residencias, entre ellas la de Tony Barrow, sobrino del legendario Primer Ministro de Barbados Errol Barrow, famoso por su talento político y su honestidad – cuando llegaba de un viaje de ultramar, abría sus valijas en la Aduana para que le cobraran los impuestos correspondientes y lo mismo debían hacer todos sus acompañantes, sin excepción –donde conocí a toda su familia, incluida su hija, la poetisa Courtney. Compartí su mesa, como uno más de todos ellos. Y lo mismo sucedió en la mansión del Dr. Andrew Murray y su esposa Pat y en la de Christ Skiner y su señora Nathalie.

Cuando llegué por primera vez a Barbados, escuché a gentes de distintas partes del mundo que decían que desde hacía ocho años, venían a pasar sus vacaciones en Barbados. Ahora he develado el secreto: aquí uno se siente como en su propia casa.

 

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