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“... La patria de un alma elevada es el universo”. Demócrito 
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"Aventuras de Borges, Marechal y Carmen Brey en la pampa argentina. Mientras, el conde de Keyserling espera en París a una bella desconocida: Victoria Ocampo", según María Rosa Lojo.

María Rosa Lojo

(Capítulos de la novela Las libres del Sur, Buenos Aires, Sudamericana, 2004)

Por María Rosa Lojo*

 

 

 

 

 

                                                                              II
Marechalya la estaba esperando en la estación del Once, bajo el reloj del hall, según lo acordado. No bien se hicieron claramente visibles la pipa y el sombrero rancho, los pies de Carmen Brey quisieron iniciar un retroceso hacia la entrada y los ojos buscaron el coche de Elena Sansinena, que la había traído. Pero era tarde para arrepentimientos. Marechal había encontrado su cabeza de fieltro azul y le hacía señas con la mano.
            Suspiró, resignada, y siguió avanzando. Hasta último momento había dudado de ir con ellos, y aún pensaba que los refranes solían ser infalibles. Claro que tampoco estaba segura de que los dos amigos fuesen realmente una mala compañía.
            -- ¿Qué tal, qué dice usted? ¿Y Borges no ha venido?
            -- Sí que está. Pero fue a buscar un teléfono para avisarle a su madre que ha llegado bien.
            -- ¡Caramba! ¿No es un poco mayorcito para esas cosas?
            -- Según se mire. Como dicen ustedes los gallegos, el pobre no ve tres en un burro. Doña Leonor anda siempre con miedo de que se lleve algo por delante y un día lo traigan accidentado. Claro que por acá no se iba a perder. Se suele reunir en La Perla con el gran Macedonio, perito en metafísicas, y con otros amigos. Yo también voy a veces.
            Carmen prefirió ahorrar comentarios. El "gran Macedonio" no era precisamente un compatriota de Alejandro Magno, sino el doctor Macedonio Fernández del Mazo. Según los chismes que circulaban en Amigos del Arte, un abogado de buena prosapia que parecía haber enloquecido después de enviudar. Sus hijos habían quedado a cargo de parientes afectuosos mientras él  --que apenas lograba cuidarse a sí mismo-- vivía con una mínima parte de las rentas familiares en miserables casas de pensión, y mantenía tertulias filosóficas en algunos cafés de la ciudad con los jóvenes vanguardistas. Cada tanto se mudaba de alojamiento y dejaba un cúmulo de papeles ilegibles, acaso borradores “como lo pretendían sus discípulos-- de nunca publicadas obras maestras.
Borges apareció enseguida. Estaba contento. Excesivamente, a juicio de Carmen.
            -- Pero hombre, qué le pasa. Parece un chico que se va al circo.
            -- Salir de Buenos Aires siempre me pone así.
            -- ¿Por qué? Yo pensaba que usted era un bicho de ciudad.
            -- Bicho seré si quiere, pero no del todo urbano. Si lo que más me gusta de la ciudad es lo que le queda de pampa.
            -- ¿Pues no ha dicho usted que es un "pueblero"? ¿Un œhombre de barrio, de calle?
            -- ¡Señorita Brey! ¿Será posible que haya leído Luna de enfrente?
            --Claro que lo he leído. ¿O no le parezco digna de ser su lectora?
            --Nada de eso. Es que descubrir un lector me colma de asombro y de agradecimiento. Si pudiera, y si no fuese demasiado ridículo, mandaría hacer una condecoración de homenaje para cada uno.
            -- Por lo del ridículo puede ser, pero en cuanto a los costos, saldría barato.¡Para los lectores que tenemos! --acotó Marechal”. Aunque los juntáramos a todos, les quedaría grande el salón de un club de barrio.
            Carmen sonrió. Los escritores se quejaban siempre. Si tenían lectores, porque no los reconocía la crítica. Si tenían críticos, porque carecían de lectores, y si contaban con ambas cosas, porque la medida nunca les parecía suficiente. Jamás se casaría “pensó”, en el caso de que alguna vez se casara, con uno de esos seres inseguros y narcisistas. O narcisistas a fuerza de ser inseguros.
            Subieron a la formación que esperaba en el último andén, y se acomodaron en un vagón casi vacío. Llevaban un equipaje mínimo, aunque Borges tenía los bolsillos del saco abultados de libros.
            --Usted parece una biblioteca ambulante.
            -- Cargo con el peso que los demás no quieren cargar. Ya vendrán al pie, para pedirme bibliografía.
            -- Depende de qué bibliografía sea.
            -- Aquí tengo Las mil y una noches. Una edición de Weil, que encontré en una librería de viejo. 
            -- ¿Ve? A mí no me servirá de mucho. No leo alemán. ¿Así que le gustan los prodigios y los genios malos?

            -- ¿Y cómo no? ¿La realidad no es siempre prodigiosa? Por lo demás, el mundo está lleno de genios malos. Basta mirar alrededor para comprobar que el mal es tanto más evidente que el bien.
            -- Pero no se trata de genios. Somos nosotros, y nuestro libre albedrío.
            -- Bien dicho, Carmen. No vamos a echarle la culpa a Dios del pecado original.
            -- Pues yo tampoco se la echaría a Eva. Tendrá que convenir conmigo, Marechal, en que los dos pecaron, sólo que Eva con más personalidad e iniciativa. Adán, además de dejarse llevar cómodamente de la nariz, ante Dios es un pusilánime que la responsabiliza a ella de todo,  como los niños soplones en la escuela.
            --No es momento para ponerse a discutir sobre mitología. Guarden el debido silencio y miren  -interrumpió Borges--. ¡Eso es la patria!
            La patria era antigua, modesta, casi vacía. Por momentos, completamente natural, o apenas modificada por la creación y la destrucción de los hombres. Cuando se pasaba de Morón y de Castelar, las estancias, las quintas de veraneo y las últimas casitas bajas, en los círculos más externos de la ciudad, parecían las estribaciones declinantes de una gran cordillera. Después, todas las cosas en el campo abierto  --los ranchos, los aljibes, las escuelitas, los jinetes-- resultaban patéticas y precarias, inestables y fugitivas como vilanos o abrojos o flores de cardo que se hubiesen detenido por unos instantes en el lugar donde estaban. Sólo unos instantes, y después volarían, arrastradas por el viento, liberadas de su peso y de su forma, para volver a rehacerse en otra parte, objetos fulgurantes de una perpetua transfiguración.
            Antes de los invasores que cruzaron la Mar Océana, antes de la vaca y del caballo, los pueblos dispersos de la llanura sólo sabían andar, en busca de los frutos de la tierra, de la caza y de la sal. También a ellos los llevarían los vientos, como semillas, hasta que floreciesen en lugares extraños y abruptos. Al pie de la montaña o en las pampas del salitre, llorarían de pronto, como apariciones trémulas, aún en peligro de desvanecerse, cabecitas humanas acabadas de nacer. 
            --La patria no sabe su nombre todavía ”dijo Marechal--. Cada mañana se levanta temprano para sorprendernos y sorprenderse, como una muchacha curiosa de sí misma, que se mira en el espejo y ríe de verse, nada más.
            -- La patria sabe demasiados nombres “dijo Borges”. Los de todos los muertos que se desangraron aquí.
Pensaba “y de eso hablaría después” en una memoria vieja, hecha de huesos enterrados y sedimentados, como capas geológicas. Godos y criollos, unitarios y federales, indios y cristianos. Su abuelo Francisco Borges, lanceado en La Verde por la gente de Catriel.  œAhora están juntos, sin embargo, comentaría Marechal. œ¿Y qué? --contestaría Borges--. Hasta en la sepultura se habrán peleado, como esos dos gauchos que se odiaron toda la vida, y cuando cayeron presos en las guerras civiles, pidieron jugar una carrera mientras los degollaban, a ver quién daba un paso más allá del otro antes de caer muerto.
            Hablaron poco, sin embargo, y leyeron menos. La llanura atrapaba los ojos y sellaba las bocas con una poderosa succión de vacío. La llanura del suelo, pero sobre todo la del cielo, donde nubes enormes corrían, desbocadas, más rápidas que el tren, como ñandúes de fabulosos plumajes, inalcanzables para las boleadoras o para los cascos del jinete.
            Al anochecer estaban llegando a la estación de Los Toldos, un pueblo más de la pampa húmeda, que debía su nombre a las tolderías mapuches, aunque la mayor parte de las familias aborígenes vivían apartadas del centro urbano, en la Tapera de Díaz, lugar donde verdaderamente habían estado las casas flotantes --cuero y vigas de madera-- de los primeros mapuches voroganos. El nuevo Los Toldos había sido fundado por un criollo del Tucumán, el comerciante y dueño de pulpería don Electo Urquizo. Tenía una plaza mayor, una iglesia parroquial, colegios, correo, bancos, cementerio, mensajería, registro civil, comisaría y hasta periódicos. También tenía más gringos que indios: la Sociedad de Socorros Mutuos "Libera Italia", la Sociedad Española de Socorros Mutuos, la Sociedad Francesa, y muchos inmigrantes pobres que conseguían allí solares más baratos que en Bragado, Chivilcoy o Nueve de Julio. Había almacenes prósperos de ramos generales --.propiedad de los que fueron, en la frontera, apenas pulperos expuestos a malones de ranqueles y de milicos--. Había tiendas, alguna confitería, casas de remate, farmacias.
            Al bajar, Carmen tomó la iniciativa y arrastró a sus compañeros al Hotel Español, enfrente de la estación.
            -- ¿Pero qué hace? “intervino Borges.
            -- ¿Cómo qué hago? Asegurarnos un techo para dormir. No me parece que sobren hoteles por aquí.
            -- Así no averiguaremos nada. Se ve que su hermano no se trata con los comerciantes españoles. Si anda entre indios y gauchos, tenemos que ir a otro lado.
            -- Oiga, Borges, con lo hecho por hoy ya está bien. No quiero jugar a los detectives.  Mañana buscaremos.
            En algo Borges llevaba la razón. El dueño del hotel  --un vasco Arzuaga” nunca había hablado con Francisco Brey Moure, aunque creía haber visto cruzar, más de una vez, a un hombre que correspondía a sus señas, siempre acompañado por uno o dos indios.
            Contrataron dos cuartos, uno para Carmen Brey y otro para los dos poetas. Hecho el trámite, el autor de Luna de enfrente, envalentonado por su acierto, se empeñó en llevarlos a comer algo a un almacén de campo. Ésa, juraba, era la fuente irreemplazable de información, para conocer todos los movimientos de la que no era considerada "gente decente" por la burguesía pueblerina.
            Después de una inspección cuidadosa, basándose tal vez más en el olfato y en el oído que en su vista deficitaria, encontró un lugar a su gusto, en las afueras, donde ya no había un solo adoquín. El edificio era de ladrillo de adobe, sin revocar. La puerta, una cortina de arpillera. Carmen Brey se sintió desesperadamente absurda y vulnerable con su traje de seda azul y sus zapatitos guillermina, color crema, que el trayecto de unas cuadras embarradas por la lluvia de la tarde había vuelto grises. 
            Pasaron entre caballos atados al palenque y se sentaron en una mesa que daba a una ventana estrecha. Los otros parroquianos eran gauchos “peones calzados con alpargatas, o arrieros de bota rústica” y parecían haber venido más a beber que a comer. La ventana enrejada mostraba casuchas dispersas en la pampa, dentro y fuera del pueblo, que se iban diluyendo en la oscuridad, apenas señaladas por un resplandor de vela o de candil. Los atendió un muchacho desganado que no supo decirles nada nuevo, salvo pedirles que esperasen al patrón, un gallego de Logroño que conocía probablemente a todos los españoles de la zona. Les sirvió pan y vino, una tortilla, carne asada y sardinas.
            Comieron sin sobresaltos. Sólo las risas demasiado altas de tres gauchos que estaban por dar fin a una botella de ginebra interrumpían a veces los ruidos del campo: ladridos de perros, chistidos de lechuzas, relinchos de caballos alarmados por un roce o una sombra. Borges, acaso por no ser menos que sus vecinos, había pedido también ginebra para la sobremesa. Carmen atisbó con alarma la noche exterior, mientras los dos poetas daban cuenta de la botella con asiduos brindis iniciados por un sonoro œ¡Yapaí! “Sólo sabría después que así compartían sus libaciones con la Madre Tierra los indios ranqueles, cuando Lucio V.Mansilla, autor de un libro que tanto Borges como Marechal habían leído, los visitó en 1870--.  No se atrevía a irse sola, pero quedarse se le antojaba cada vez más riesgoso. Las risotadas de los gauchos “era evidente” tenían ahora un blanco definido: los trajes de œpuebleros de sus acompañantes, el sombrero rancho, que reposaba sobre una silla, su vestido de seda y sus zapatos guillermina, que trataba de esconder, lo más posible, tras la pata de la mesa y los bajos sucios del mantel cuadrillé. El paisano de Logroño no aparecía por ninguna parte, aunque, dada la catadura de su clientela, quizá tampoco fuese, precisamente, una garantía de salvación. Pronto, una bolita de pan cayó, entre gruesas carcajadas, junto al vaso de Borges, que se dio vuelta para mirarlos parsimoniosamente. Por un momento, parecieron congelados por el gesto de desafío, pero enseguida las risas arreciaron. Una segunda bolita, con mejor puntería, le dio al porteño en plena frente. Carmen quiso tomarlo de los faldones de la chaqueta, pero Borges ya se había levantado y marchaba “como un sonámbulo o un suicida” hacia la mesa donde lo aguardaban tres caras marcadas por añejas caricias de facones, y tres cuchillos que a la señorita Brey le parecieron casi tan grandes como cimitarras moras.
            -- ¿Querías algo, che, Rosita? Hablámás fuerte, que no te oigo “había dicho Borges, increíblemente, dirigiéndose al más temible, que lo doblaba en peso y en altura, a pesar de que el vate miope de los arrabales no era un hombre menudo.
            No había tiempo que perder. Imposible fiarse de Marechal. Alelado o complacido por la demencial actitud de su colega, nada objetaba. Tendría que tratarlos como lo que quizá eran: débiles mentales, mutilados del sentido común, incapaces de toda otra cosa que no fuese enhebrar filosofías o escribir versos. Casi de un salto, se puso valerosamente enfrente de Borges, cubriéndole el pecho.
            -- Señor, le pido por favor que no haga caso de lo que diga o haga mi hermano. No está bien de la cabeza, está medio loco, ¿entiende? --se empinó cuanto pudo y susurró, reteniendo la respiración para no ahogarse en el aliento alcohólico del gigante--.  Justamente, con este amigo, que es médico “señaló a Marechal--, lo estamos llevando a Buenos Aires, a internarlo en el manicomio. Mi madre no tiene consuelo, imagínese. Y yo estoy a su cuidado. ¿Qué voy a decirle a la pobrecita si a éste le ocurre alguna desgracia?
Borges iba a replicar, enfurecido, pero no pudo. Un certero pisotón de Carmen y un codazo en el estómago lo dejaron sin habla.
            --Madre hay una sola. Si de eso se trata, no hay más que decir. Todo sea por complacer a usté y a su santa mama, mi prenda. Pero si está así, mejor téngalo encerrado y no lo saque a tomar aire de noche, a ver si se le aluna. ¿No será el lobizón...?
                Las risas reduplicaron. Carmen agradeció la amnistía y aplicó velozmente sus beneficios. Con Marechal, que parecía haber recobrado parte de la razón perdida, salieron a la disparada, arrastrando a Borges, como si los corriera el diablo o el lobizón recién evocado. Sólo se permitieron aminorar el paso cuando estaban a menos de cien metros del Hotel Español. La módica alzada y las paredes desteñidas del edificio resplandecieron entonces a sus ojos como una construcción más prodigiosa que todas las maravillas de Las mil y una noches, incluido el extravagante palacio de Aladino.
                                                                                        III
El conde Hermann von Keyserling se levantó y dio unos pasos por el coche que ocupaba como pasajero exclusivo, para estirar las piernas acalambradas. Aun en el confort de la primera clase, se sentía incómodo, quizá porque cualquier espacio humano le quedaba chico, y no sólo a causa de su volumen y estatura considerables. Encendió un cigarro puro y descorrió, cuanto podían ser descorridas, las cortinitas aterciopeladas de la ventanilla. Decididamente “pensó el Conde” nunca se acostumbraría del todo a los pequeños ámbitos en que solían moverse la mayor parte de los hombres. En algún lugar de la memoria estaría siempre añorando los bosques perdidos de Lönno o de Rayküll, donde había vivido de niño, tan feliz como algunos filósofos creyeron que vivían los salvajes. Por cierto, el niño Keyserling, heredero varón de aristócratas terratenientes, no padecía ninguna de las penurias materiales anejas a la vida primitiva y gozaba, en cambio, de libertades ignoradas por los muchachos de la ciudad. Hasta los cinco o seis años “época de su primer viaje a la villa más próxima” había vivido en otra dimensión del tiempo y el espacio. Los trenes de pasajeros no le parecían más grandes que trenes de juguete. Las calles le resultaban comparables a estrechos corrales donde las personas, no ya el ganado, se movían a una velocidad indigna en la que jamás incurrirían las vacas.
Pero esos tiempos habían pasado. El hijo de la Naturaleza, que daba de comer en la mano a halcones sin domesticar, y cuyo mundo estaba hecho de árboles, animales silvestres y antepasados semejantes a dioses, ya no era dueño de Rayküll ni de Lönno. Como siempre, la Historia “esta vez bajo la figura de los bolcheviques-- había irrumpido cruelmente en el paraíso, para arrojarlo a Darmstadt, una ciudad alemana manuable como una maqueta, ordenada y pulida como un jardín dieciochesco. Keyserling, recién casado con Gudela von BismarckSchönhausen, nieta del Canciller, tuvo que aceptar el mecenazgo del Gran Duque de Hesse, e instalarse en la casa que había sido del Predicador de la Corte, aunque no ya para predicar sino para crear lo que él consideraba un santuario del Espíritu Libre: la Escuela de la Sabiduría.
Aspiró a fondo el cigarro puro, fastidiado por las ironías del nombre y de su destino. Si algo no se podía enseñar, era precisamente, la Sabiduría; apenas se podía incitar o provocar a ella, para que en algún momento, el Logos creador fecundase las almas en femenina espera. Y libres serían acaso sus alumnos, pero no él. Siempre se había sentido un elefante enjaulado entre esos alemanes rutinarios y metódicos que, por sobre toda otra cosa, amaban el orden y las seguridades de la repetición. Alemán, por lengua y por linaje, para los fineses, rusos y letones del Báltico donde había nacido, Hermann von Keyserling (que también llevaba en las venas, como una secreta carga de dinamita, sangre eslava y mongol) no dejaba, sin embargo, de considerarse un desterrado entre los barrotes de la utilitaria prisión germana, penosamente escindida del œreino natural, donde la bruja malvada de la Historia lo había puesto.
No obstante, para un temperamento convencido de que la vida es, ante todo, una aventura caudalosa, siempre había soluciones. Keyserlingse consolaba de la cuadrícula teutona con las espirales, los arabescos y las diagonales de los viajes. Al menos, la Escuela de la Sabiduría y sus prestigiosos invitados lo habían hecho célebre. Si ya no contaba con las rentas de que había dispuesto antaño para costearse exóticos periplos internacionales, su fama le aseguraba invitaciones a dar conferencias, así como un tratamiento principesco, que se complacía en exigir. Claro que no siempre era él quien ponía todas las condiciones.
Tanteó el bolsillo interior del saco, y volvió a mirar el retrato dedicado de la sudamericana que lo esperaba en París. Aquella mujer extraña le había escrito durante casi dos años cartas que rozaban, por momentos, la sublime exaltación mística o la pagana idolatría. Sin duda era una mujer inteligente, puesto que tanta admiración le inspirabansus obras. Y tan apasionada que había declarado no poder aguardar un solo instante más el momento de conocerlo. Y tan rica que estaba haciendo construir una casa en el lugar más aristocrático de Buenos Aires para alojarlo a él cuando finalmente recalase en el Río de la Plata, además de costearle su estadía en Versalles, con todos los requerimientos que correspondían a su doble ejecutoria, filosófica y nobiliaria. Por si esto fuera poco, era hermosa: la cara latina y carnal, de rasgos suavemente asimétricos, lo miraba desde el papel satinado con una suerte de súplica desafiante.  
            Sin embargo, la bella desconocida se había negado, obstinadamente, a encontrarlo en Alemania. Desde el castillo de Schönhausen, propiedad de su suegra (el único sucedáneo aproximado de Rayküll y de Lönno), el Conde se había visto obligado a interrumpir o postergar la redacción de su obra sobre los Estados Unidos, para tomar el tren de juguete hacia París. Aunque París era, en todo caso, una dorada imposición. Keyserlingse sentía reverdecer como un roble antiguo en la primavera cada vez que se aproximaba a la ciudad de su primera juventud y de su primer gran amor. La ciudad adonde había llegado con un inútil diploma de geólogo bajo el brazo, para formarse en los refinamientos del arte, del pensamiento y del erotismo. Allí se había sentido también, por primera vez, completamente libre. Como ningún parisino sabía lo que era un Keyserling o un noble alemán del Báltico, no tenía que rendir cuentas a nadie de su conducta. Comía en cualquier bistró de estudiantes en el Quartier Latin, y se hospedaba en un hotelito oscuro de la Rue du Seine, que a veces, ya adulto y famoso, volvía a visitar para recordarse sus días de ilusión y anonimato. Por las tardes, después de escribir, se iba al Jardindes Plantes como quien retorna al bosque. Una o dos horas invertidas en la aspiración de húmedos efluvios vegetales le dejaban el cuerpo flexible como un ramaje y el cerebro poroso como una esponja. Luego, a manera de ducha helada, se sumergía en la morgue, para tener presente la inexorable decadencia de toda ebullición orgánica, y el consiguiente parentesco entre los humanos, las piedras y los fósiles. Por fin, oía vísperas en Notre Dame: la neutralización perfecta de sus experiencias crepusculares en un baño de Espíritu  --litúrgica belleza donde lo mineral, lo vegetal y lo carnal flotaban transidos--. Entrada la noche, con el alma bien pegada al cuerpo y el microcosmos en feliz acuerdo con el macrocosmos, el conde Hermannvon Keyserling estaba listo para presentarse en el gran mundo vestido de frac, de la mano de la condesa Wolkenstein, embajadora de Austria, y aplicar los destellos de inspiración divina, recogidos en los ejercicios de la tarde, al baile y a la buena conversación.      
            El Conde cerró los ojos chicos, rasgados, claros, y se dejó envolver por el humo del cigarro. El París de aquellos años estaba poblado por Massenet y Debussy, por Henri de Régnier, por Rodin, a su juicio un rudo artesano que pensaba magníficamente con sus manos toscas y sólo con ellas; por André Gide, un artista exquisito y puritano, que perseguía el amor homosexual como un ideal de platónica belleza, y todas las noches iba a aplaudir a un apuesto actor, tal un asceta que se somete ritualmente a prácticas mortificatorias, por ver si algún varón conseguía despertarle una pasión excelsa. Quizá, después de este encuentro, su París iba a enriquecerse con un nuevo, raro y precioso recuerdo humano, y sería, en adelante, también el París de Victoria Ocampo. 
            Aunque con las mujeres, por supuesto, nunca se podía contar del todo. Las occidentales en particular, libradas a la única ley de su capricho, a veces destruían la felicidad de los varones con actos imprevisibles. Como lo había hecho con él su propia madre, la baronesa Johanna Pilar von Pilchau, después de décadas de vida irreprochable (Keyserling no lograba evitar un contradictorio escalofrío de odio y remordimiento cuando pensaba en ella). Sin embargo, no podía negarse que eran los instrumentos más finos y adecuados para la educación masculina. Las civilizadoras “y en eso concordaba plenamente con su amigo Ortega” que habían convertido en caballeros a unos brutos cuyo mayor entretenimiento era partirse mutuamente el cráneo a golpes de maza. Esas mujeres bordaban hombres: seleccionaban las texturas, los hilos y los dibujos de la especie con el mismo empeño paciente y creativo que ponían en bordar tapices. Sus compatriotas germanos, por cierto, entendían muy poco de esa pedagogía del amor que había florecido con gracia en Francia y en Italia. Sólo conocían el vicio (en su más burda acepción) y el matrimonio.
            El conde Keyserling, que había visto encarnada la mayor perfección del sexo opuesto en las geishas impersonales y delicadas como flores, dividía más sutilmente el mundo femenino. Entre las prostitutas ordinarias “modestas obreras del placer masculino”  y las esposas ejemplares  --que garantizaban tanto la paternidad como la jerarquía de una casa y la elevación moral de los vástagos--, había un tercer tipo de femineidadsuprema. La œgran dama, heredera de las hetairasatenienses, hecha para evadir cualquier forma de corral doméstico y para reinar en los salones de la sociedad. Sibila, Musa, pródiga en amores, exenta de compromisos, liberada de la sujeción matrimonial y de la obligación reproductora, consagrada a inspirar al filósofo y al artista. Keyserling no se quejaba de su suerte. Tenía la esposa ejemplar: Frau Gudela, que sostenía las virtudes de la estirpe y sabía mantenerse en su ámbito, feliz madre de dos hijos varones. No por eso él se había negado a visitar, en las largas ausencias de sus muchos viajes, los burdeles y prostíbulos frecuentados por sus anfitriones o mecenas (ministros, banqueros, embajadores), aunque “salvo las casas de geishasdel Oriente--  fuesen apenas rudimentos ordinarios de la diversión erótica que verdaderamente necesitaba un hombre culto. Acaso lo movía la añoranza “no exenta de alguna ternura--  de las putas fraternales de su adolescencia. Hermann von Keyserlingno había sido nunca un homme à femmes. Retraído y violento, arrogante como un príncipe pero tímido como un campesino, inocente de toda malicia viril hasta una edad inverosímil, sólo las tranquilas meretrices de Pernau y de Ginebra le habían hecho olvidar, entonces, sus piernas y sus brazos desmesurados, la brusca torpeza de sus movimientos, su abrumador sentimiento de fealdad.  Después, la fama de su Escuela y de sus libros había comenzado a proyectarse sobre su persona, y ahora emanaba de ella como un fluido magnético o un carácter sexual secundario, más notorio que una nuez de Adán o una barba tupida.          
            Gracias a esos libros, mujeres inteligentes, apasionadas, millonarias y bellas le escribían, desde el otro lado del planeta, misivas como ésa, de letra rasgada y perfumada, que atesoraba junto al retrato y que le producía un efecto deliciosamente afrodisíaco: ¡Sol de sus cartas! Déjeme adormecer en ellas, detenerme en ellas. Y después floreceré por ellas. ¡Ah! Qué bien hace y qué dulce es. ¡Cómo las amo! No sabría hablarle razonablemente esta noche. Ni falta que le hacían la razón de los filósofos o la adocenada sensatez a la que era capaz de enhebrar líneas así, donde la pasión del alma se desbordaba, exuberante, sobre los sentidos, como en una Teresa de Ávila, o una Mariana Alcoforado. Me parece que estoy tan plena de lo que es usted, que el menor movimiento me llevaría a despedir algún precioso aroma. Y si usted estuviera, yo no levantaría los ojos hacia sus ojos, por temor de perder ese usted que está bajo mis párpados celosamente cerrados.
            El conde de Keyserling, transfigurado por la metáfora en incensario o concentrado sahumerio de fragancias orientales, olió la carta como si se oliera a sí mismo, extasiado por la adoración que era capaz de provocar en la dama argentina. Lo embriagaba constatar su poder sobre aquella corresponsal distante a quien le eran necesarias las cartas de Darmstadt para respirar, como una droga salvadora. Cuando llegan sus cartas, siempre me parece que un instante antes me ahogaba y lo comprendo mejor por el alivio inmediato que este oxígeno me proporciona. Lo leo con los pulmones. Por momentos, creía ser el personaje de un cuento de hadas, donde era posible vivir una clase de amor que era y no era de este mundo, y que bañaba la inconclusa realidad con la luz de la más perfecta fantasía poética.
            El tren ya estaba llegando a destino, después de un trayecto monótonamente bello de ríos y de árboles y de castillos de chocolate, y de ciudades con casas que a la distancia parecían de azúcar. ¿Cómo serían las tierras de Sudamérica, aquellas a donde Victoria Ocampo quería llevarlo, como se lleva a un dios o a un profeta? No la vería en el andén. Había pedido expresamente que no fuese a esperarlo. El Conde deseaba prepararse para el encuentro que iba a tener lugar recién al día siguiente. En lugar de Victoria la aguardaba un hombre de baja estatura (un criado de confianza, le había anunciado ella) que pronunció su título, su nombre y su apellido con pesado acento español.
            Cuando llegó al Hôtel des Réservoirs ya anochecía. Los cuartos le parecieron tan cómodos como podían serlo los de un hotel francés. Todo estaba en su lugar, incluso el papel, los sobres y la tinta roja que había pedido. Se bañó, se perfumó, y se hizo servir la cena en el cuarto, con una botella de champagne helado. La cama, hecha más bien para las medidas latinas, le quedaba casi corta. Incómodo y aprensivo, decidió dejar encendida la luz del velador, como cuando de niño lo atormentaban las pesadillas.

*MARÍA ROSA LOJO nació en Buenos Aires en 1954. Es hija de españoles. Su padre, un gallego republicano, se exilió en la Argentina tras la Guerra Civil. Vive en Castelar, provincia de Buenos Aires. Está casada y tiene tres hijos. Es escritora e investigadora, y ha publicado quince libros, además de numerosos ensayos en revistas culturales y especializadas y en libros en colaboración. En poesía: Visiones (1984), Forma oculta del mundo (1991) y Esperan la mañana verde (1998).En ensayo: La ˜barbarie™ en la narrativa argentina (siglo XIX) (Corregidor, 1994), Cuentistas argentinos de fin de siglo(1997), Sábato: en busca del original perdido (Corregidor, 1997), El símbolo: poéticas, teorías, metatextos(1997). En narrativa: Marginales(1986), Canción perdida en Buenos Aires al Oeste(1987), La pasión de los nómades (Atlántida, 1994), La princesa federal (Planeta, 1998), Una mujer de fin de siglo (Planeta, 1999), Historias ocultas en la Recoleta (Alfaguara, 2000), Amores insólitos (Alfaguara, 2001), Las libres del Sur (Sudamericana, 2004).

Obtuvo, entre otros, el Primer Premio de Poesía de la Feria del Libro de Buenos Aires (1984), Premio del Fondo Nacional de las Artes en cuento (1985), y en novela (1986), Segundo Premio Municipal de Poesía de Buenos Aires, Primer Premio Municipal de Buenos Aires œEduardo Mallea, en narrativa (1996), por la novela La pasión de los nómades. Recibió varios premios a la trayectoria: Premio del Instituto Literario y Cultural Hispánico de California (1999), Premio Kónex a las figuras de las Letras argentinas (1994-2003), Premio nacional œEsteban Echeverría 2004, por el conjunto de su obra narrativa. Ganó la Beca de Creación Artística de la Fundación Antorchas para œartistas sobresalientes que se hallan en los comienzos de su plenitud creativa (año 1991), y la Beca de Creación Artística del Fondo Nacional de las Artes en 1992.

Es Doctora en Letras por la Universidad de Buenos Aires y trabaja como investigadora del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas, con sede en la Universidad de Buenos Aires. Dirige dos proyectos de investigación en la Universidad del Salvador, donde dicta, asimismo, un Seminario-Taller de Doctorado. Tiene a su cargo la coordinación del equipo internacional de investigadores que realiza la edición crítica de Sobre héroes y tumbas para la Colección Archivos de la UNESCO. Ha sido conferencista y profesora visitante en universidades argentinas y extranjeras: entre otras, la Universidad Nacional Autónoma de México, la Complutense de Madrid, la Universidad de Salamanca, la Universidad de Toulouse-Le-Mirail, donde dictó en 2004 un curso en el Doctorado. Actúa como jurado en concursos nacionales e internacionales. Participa como escritora invitada en Ferias del Libro y Congresos internacionales. Es colaboradora permanente del Suplemento Literario de La Nación.


Web: www.mariarosalojo.com.ar


Emails: mrlojo@conicet.gov.ar
            mrlojo@speedy.com.ar
Dirección postal: Marqués de Loreto 1960
1712 Castelar, Buenos Aires. Argentina

Librerías donde se pueden adquirir los libros de María Rosa Lojo


Entre otras: www.tematika.com
                    www.amazon.com
                    www.lsf.com.ar/libros
                    www.altocity.com/e-galicia/browse
                    www.libreriapaidos.com
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  Diana Ruggiero

          La Princesita del Alba


     Por Diana Ruggiero*

         Había una vez una Hermosa niña que quería mucho a su imagen. Cada día se miraba al espejo por varias horas para detectar el más mínimo detalle de sus facciones. Se desnudaba frente al espejo lentamente como si lo hiciera para otra persona, pero solo ella gozaba de su cuerpo. Había intentado mostrar lo que tenia dentro a muchas personas pero en vano, solo ella se conocía como a nadie. Sus cabellos canela llegaban hasta su cintura de manantial que acariciaba los rizos finales. Soñaba con una diadema de plata sobre su cabeza, de oro no se la merecía.
          La princesa solo sabia estar sola, el contacto humano la asustaba al grado que solo hablaba con el espejo, con su imagen que le daba regocijo. Su alma interpretada por múltiples sueños no entendía el porque de su existencia. Dolor de alma, dolor de cuerpo, dolor de existencia: todo le dolía. ¿La causa? Una soledad extrema provocaba por la ausencia permanente de los seres queridos, por falta de llamadas telefónicas, por la forma en que su familia ignoraba: sola en este mundo. El dolor de saber que estamos solos es el más profundo, ella lo sabía. No profesaba religión alguna porque nadie podía darle más amor que ella misma. Cuidaba su cuerpo como a un templo sagrado y si le asignáramos una religión seria el ejercicio físico. Esculpía su cuerpo con pesas, con bailes, con ritmos que poco conocía pero le daban paz interior.
          Un día la princesita que no creía en nada ni en nadie tomo valor para hacer lo que hace mucho quería. Tomo un cuchillo filoso y rebanó sus muñecas, para poder ver el hermoso color de su sangre.
          Hoy la princesita todavía yace sola en un charco color marrón ya que nadie sabía de ella, nadie acudió a su auxilio porque no sabían donde estaba. Todavía se sigue descomponiendo pero sin dejar de ser bella. Su alma quedó atrapada en el alba, en la puesta del sol, en cada llanto de un niño, en la mirada de un pobre, en el excremento de una vaca: hoy no es nada y lo es todo. Ella representa la soledad que llevamos dentro y esa jamás muere.

* Diana M. Ruggiero
5377 Bonner Drive. Hilliard Ohio, 43026
(614) 771-1537 · ruggiero.11@osu.edu
             Website: http://people.cohums.ohio-state.edu/ruggiero11/

Education

THE OHIO STATE UNIVERSITY- Columbus, Ohio
Degree: Master of Arts, Spanish literature and culture

THE OHIO STATE UNIVERSITY- Columbus, Ohio
Degree:   Bachelor of Arts, Spanish (March 2002)
GPA:          4.0 (Summa CumLaude)

Teaching Experience

THE OHIO STATE UNIVERSITY- Columbus, Ohio (September 2002 “ Present)
Graduate Teaching Assistant(Dept. of Spanish & Portuguese) - Taught elementary Spanish
102.66 andintermediate Spanish 104, primarily using multi-media approach.
2004 Graduate Associate Teaching Award nominee

Undergraduate Honors

Graduated Summa Cum Laude
Dean™s List 2000-2002
Undergraduate Excellence in Spanish Award (April 2002)
2001 President Kirwan Critical Difference for Women Scholarship Recipient
2001 College of Humanities Diversity Enhancement Award Nominee
Member National Society of Collegiate Scholars

GRADUATE HONORS

FOREIGN LANGUAGE AND AREA STUDIES (FLAS) RECIPIENT
2004-5 Fellowship
2004 Graduate Associate Teaching Award winner
                                               
CERTIFICATIONS AND trAINING

Web Course tools training (2004)
Presenter of the professional development workshop at the Ohio State University “Total physical response: a way of motivating student with Latino music”
671D Computer APPLICATIONS in education (2003)
Spanish 694 Group Studies œCreating Modules with Dreamweaver (June 16-25, 2003)
World Wide Web Computer Training Certification (February 2003)
CPR Certified (Re-newed February 2003)
Certified Medical Translator, Assist Translations (December 2002)
Aquatic & Fitness Association of America Certified Personal Trainer (April 2002)
Aquatic & Fitness Association of America Certified Aerobics Instructor (Re-newed April 2002)
Aquatic Fitness Professionals Association Certified Aquatic Professional (May 2001)

Activites & Projects

"Foreign Language Education in the Classroom: WEB CT" Presentation for the College of Humanities Spring Colloquium on Humanities Computing (May 2, 2003)
Instructional Salsa Dance Video for area high schools, Volunteer Project (February 2003)
Wendy™s International, Contract Translator (2002 “ Present)
Celebrating Diversity in America, Volunteer œArgentina Representative (March 2002)
Ohio High School Spanish Teachers Retreat, Volunteer Salsa Aerobics Instructor (2001 “ Present)
OSU Buck-I-Robics, Latin Rhythms Instructor (2001 “ Present)
Hispanic Awareness Month, Volunteer Salsacize Instructor (2000 “ Present)
One World “ One People, Volunteer "Argentina" Representative (April 2000)

Skills
MAC and IBM-PC, WordPerfect, Microsoft Office Programs; Website Construction.

Languages
Spanish (Native), Italian (Fluent), English (Fluent), Portuguese (Beginning).

Diseño y Webmaster: Mónica Spinelli         
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