El Chicho Carletti
era un cofla medio pelado, hincha fanático de San Lorenzo.
Pero ante todo poeta, desde pibe. A veces componía, otras
recitaba, batiendo que tenía musa propia. Un hada buena,
con largos cabellos rubios, y vestido de gasa. Que por esos
extraños berretines, llamaba María Isabel.
-¡A ver, Isabelita...! -decía
el héroe- ¡Inspiráme algún versito,
che!
Entonces, como por arte de birlibirloque, sus
labios llenábansede rima. Cosas sin mucha profundidad,
pero que siempre gustan en la sobremesa.
"En el cielo las estrellas">
-decía
de niño-
"En el campo las espinas",
¡y en el medio de mi pecho,
la República Argentina!
-¡Muy bien, Luisito! “exclamaba
el papá, con facha de rana viejo.
Pasaron diez años, y al llegar la edad
del acné, el pibe empezó a preocuparse por los
grandes balurdos de nuestra época.
Que son muy variados, aunque uno le traía pesadillas.
La destrucción del medio ambiente, por nuestra iresponsable
especie. En primer término que desaparecieran las avecillas
silvestres para terminar en un plato de polenta. Pero el problema
no es de hoy, así que para hacer justicia, su diatriba
se convirtió en denuncia histórica. Que planteaba
con versos inspirados, aunque al pasarse de vueltas, chingara
la acentuación.
"En el tiempo de los apostóles
los hombres eran
tan barbáros"
-escribió-
"¡que mataban los pajáros
arriba de los arbóles!"
Todo un alegato contra la depredación,
sintetizado en cuatro líneas. Poema que se hizo muy popular.
Y el éxito lo alentó a nuevas aventuras literarias.
E Isabelita estaba orgullosa de su protegido, porque las buenas
musas se toman a pecho el empleo.
-¡Muy bien, Luisito!
Una cosa trajo la otra, y como el pibe era
derecho, llegado el momento optó por la zurda. De más
está decir que al rato terminó en cafúa,
como todo el mundo. De allí, derechito a Suecia. Y como
llegado al exilio no tenía nada que hacer, siguió
escribiendo.
-¡Casi un Bécquer! “decían
los cumpas.
-¡Diez puntos! “exclamó el profe del campamento,
que había aprendido la castiya en Gran Canaria.
Alentado por esas glorias, Carletti empezó
entonces a participar en concursos literarios Pero unas
veces por mala leche, otras de pura fiaca, jamás le mandaron
siquiera acuse de recibo. De premios, minga. Así pasaron
los pirulos, que mal manejados son fuente de frustración.
-¡Esto ocurre porque sos un tarúpido!
“gritó a boca de jarro la jermuIrene- Escribí
cosas más sexy, y con tarro chapás un toco.
La musa María Isabel se había cansado con tanto
laburoal cuéte, y tampoco andaba con ganas de oír
excusas. Especialmente con tanta jornada nocturna, sin aguinaldo,
propinas, ni cobrar las horas extra.
-¡Vos naciste para cronista de fóbal,
no poeta! -le chantó una vuelta en un ataque de mufa.
Y tras rumiarla un pomito, destapó la
tremebunda.
"Conforme legislación vigente, preavísole
indeclinable renuncia, efectividad 31 de julio. Colaciónese
y andá por la sombra, che"
-¿Lo decís de propio cuore?
-¡Ponéle la millonaria, chauchón!
Chicho se quedaba
sin musa a plazo fijo, así que los últimos días
trabajó como un enano. Con insomnio porque era junio,
y Febo asomaba a las tres de la mattina. ¡Así que
andá a apoliyar tupido, si podés! De entonces
son las perlas de su obra. Y como para muestra basta un botón,
atajesén este tiro al arco:
"Tomando mi mano dijiste
¡no podré
olvidarte!
Tus ojos lloraban con pena
mi propio dolor.
Tan sólo un instante quisiera
volver a escucharte...
¿Has visto qué silencio queda
después del amor?"
Un estilo inspirado en los clásicos,
como evocando siglos de oro. Mandó su obra a todos lados,
pero ni por joda le daban cinco de esférico. Y la musa
estaba tan podrida, que llegado el día de rigor, cobró
la quincena y se hizo humo.
-Chau.
Ningún otro discurso hubiera expresado mejor su mufa,
tras años de laburo al dope. Entonces al Chicho le hizo
crisis tanto bolonqui que tenía en la claraboya, y empezó
a tirar su creatividad a la marchanta. Cosas sin rima, métrica
ni contenido racional. Pura roña, un decir. Cosas que
en la vida normal no habrían llegado al diskette.
Tus cabellos
ondulados,
Dulcinea Fernández
de canción simbólica.
-escribió-
Un rosal en sombras,
¡vive Dios!
La sandía y el melón,
como dijo Dominguito,
son un sólo corazón.
Si te hace falta ocho al cubo,
no alcanzan setenta y dos.
-¡Vos estás mishígane! “dijo
el tío Nicola, que algo de literatura pescaba- ¿Cómo
vas a mandar mesejanteescracho al concurso?
-¿Qué hago, entonces? Otra cosa no me sale “repuso,
afligido, el Chicho.
Pero el tío tenía conocimiento, de piola viejo.
-Podrías mezclar un pomito el texto, así parece
chamuyo astrato. Hoy gustan las cosas raras, y hay piedra libre,
che. ¡Cuanto menos se entienda lo que escribís,
más mejor!
Pensándolo bien, la idea no estaba orsái. Entonces
agarró un papel y lo cortó en pedacitos. En cada
uno escribió un cacho del poema, y en los que sobraban,
alguna cosita más. Después los mezcló,
para sacarlos a la buena del barba que rige la Creación.
La obra fue tomando así diversos giros, hasta quedar
finalmente convertida en una perla de la literatura moderna.
No se entendía ni cinco, pero la gracia está ahí.
"Ondulados cabellos
de rosal simbólico"
-decía-
"Setenta y dos por ocho al cubo,
te alcanza melón sin flor.
Sandía como los dioses,
¡Dominguito, corazón!
Pero vaya por la sombra,
mi Dulcinea Fernández"
-¡Pobre pibe! “dijeronlos grasas
de la barra, compadecidos por la rayadurade ese valor- ¡Con
un verso así te amasijan, che!
Pero en este mundo cane no todos la ven igual.
-¡Qué concetos tan profundos! -exclamaron los miembros
del jurado.
Y con tales méritos, el Chicho Carlettihizo entrada al
mundo de la literatura castellana en Suecia. Lo invitaron a
Estocolmo, y le pusieron una medalla en la solapa. Y le dieron
guita para que tirara manteca al techo. Eso sí, en virtud
de merecimientos propios, no por olfa. Y sin ayuda de su musa,
que lo largó en banda cuando más la necesitaba,
como hacen las malas féminas. Yirando en el empedrado
debía andar ahora la loca, porque las deudas de gratitud
se pagan siempre. Como cuando le debés guita a la mafia.
Fané, descangayada, y vestida de percal, capaz.
THE END |