Carlos Fernando
Barbarán Alvarado |
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Gerardo López
"El Negro" |
En el cielo del canto se habrán encontrado
Gerardo López y Carlos Barbarán Alvarado (née
Carlos Fernando), ambos emparentados conmigo por razones de
sangre y de afecto, de afecto y de sangre. Ellos fundaron en
Campo Quijano, Salta, Argentina, el famoso conjunto "Los
Fronterizos" que luego recorrió el mundo con los
temas originales del cancionero salteño, como todos saben.
Todos los integrantes de "Los Fronterizos", confieso,
pasaron a ser parte de mi familia. Con Gerardo vivimos en Salta
y Jujuy, nuestra bohemia, que luego compartimos en Buenos Aires.
En los mediodías, César Isella, compartía
su almuerzo conmigo y a la noche, en Cerrito 34, nos amaneciamos
con Gerardo cantando con todos los nostálgicos provincianos
de paso o radicados ya en Buenos Aires. Era la época
de " ¡Una vuelta es mía!". Una mañana,
antes de salir, contamos 150 "pingüinos" de cuarto
litro de vino sobre nuestra mesa.
Una madrugada, de regreso al Hotel Pondal de Hipólito
Irigoyen al 800, Gerardo me puso la mano en el hombro y me dijo:
"Marcelo, no puedo ni debo seguir esta vida. Gasto
mil pesos por noche. Me voy a casar con la Isabel".
Y allí cambió su historia. Cincuenta años
de matrimonio y un infinito agradecimiento a la Córdoba
natal de su amor, a quien le cantó en muchos temas.
Una vez, una hermosa maestra de una escuelita
situada en el kilómetro 4 de Jujuy un barrio de
quintas y de gente muy pobre en 1956 conociendo mi amistad
con Los Fronterizos, me pidió que los llevara
para que los conozcan los chicos. Quien los había contratado
para actuar en esa ciudad, les dijo que si iban a cantar, rompía
el contrato. Gerardo dijo: Yo voy. Vistió
sus ropas gauchas y tomó una quena. Cuando llegamos,
la sonrisa iluminaba el rostro de los changuitos. Gerardo subió
a un entarimado, cantó, recitó, tocó tonadas
y zambas en la quena: al público alumnos, padres,
madres, docentes y vecinas que llegaban secándose las
manos en el delantal se les caían las lágrimas
o estallaban en carcajadas con los cuentos que él improvisaba.
Una hora de emociones que al transcribirlas
me hacen temblar el alma y pensar en Gerardo como el amigo que
siempre está dispuesto, desde aquí o desde el
más allá, a tenderle la mano a quien la necesita.
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